Siempre me ha encantado el buen humor, los relatos chistosos, las imaginaciones graciosas, las exageraciones bromistas, las analogías ocurrentes y todas las condiciones y circunstancias que resulten jocosas gracias a la ingeniosidad de la gente.
Desde muy chico trataba de acumular ―en ese entonces valiéndome únicamente de la memoria― el mayor número de cuentos posibles para repetirlos ante los amigos cada vez que se presentaba la oportunidad. Aun de adulto, he preservado la costumbre; aunque, para esta época, por el rol social y profesional, las condiciones para relatar chistes ―ahora son anécdotas― deben ser prudentemente detectadas, para evitar ser calificado de impertinente, desubicado y hasta de irreverente; dependiendo de “la seriedad” de los escuchas.
Aunque, en este campo de los chistes, es muy común, usual y demasiado típico, el famoso cuento flojo. Aquel que hace reír por condescendencia con el relatante, por enojo, por lástima con el relator, por la extrema simpleza de lo escuchado, o por lo que sea… menos por la comicidad del relato. ¡Vaya trabajo tan grande tener la selección de un menú de buenas historietas graciosas, capaces de robar verdaderos momentos de incontenible hilaridad en los oyentes!
Desde hace unos seis (6) años, opté por hacer un archivo de cuentos, de manera escrita. Empecé a llevar a mi archivo todo aquello que tuviera carácter divertido; o, supuestamente, divertido. Durante este lapso direccioné hacia mi famoso archivo, cuentos que escuché en reuniones sociales, en fiestas, en cócteles, en paseos y en asados. También, sin estar solicitándoselo, los amigos me hicieron llegar al buzón electrónico uno que otro contenido con algún grado de ocurrencia; para muchos es conocido el tráfico de chistes por las redes de La Internet. Estos chistes de origen cibernauta, también pararon en mi colección.
Llegó el momento que tenía reunidos cerca de setecientos (700) presuntos chistes… me puse, entonces, en la tarea de revisarlos y someterlos a un primer ejercicio de filtrado… ¡y qué chasco!... la mayoría, flojos, flojos por excelencia. Eliminé y eliminé, efectué como tres o cuatro depuraciones.
Al final me quedé con un buen grupo de pendejadas, y fue cuando me dije “no es justo que este material esté guardado solo para la diversión del suscrito…” y he aquí que resulté, en consecuencia, metido en otro problema: hacer un libro con ese material: “¡Cómo carajos voy a hacer un libro con unos relatos en lenguaje tan bárbaro, tan vulgar!...” fue lo primero que pensé.
Y ahí si fue cuando vino la verdadera faena de depurar, sanear y refinar. Pues la compilación, en bruto, era verdaderamente agreste. Ahora, ya terminado y debidamente retocado, el repertorio quedó en condiciones de llegar a sus manos, apreciado y respetable lector.
No sobra advertir que tampoco es que ahora sea del nivel de una tratado de Filosofía Aristotélica. No, aún contiene, moderadamente, algunos vulgarismos y modismos un tanto lenguaraces que debía, necesariamente, dejar para no dar al traste con el impacto saleroso y chispeante de una determinada narración.
Considero importante dejar en claro que este libro es una compilación; luego, no son de mi autoría las diferentes narraciones y cuentos aquí presentados. Lo que sí es mío es el aderezo, el maquillaje: gramatical, de redacción, de coordinación, de sintaxis, de aplicación de eufemismos, de reorganización de ideas, de ortografía; y la compilación propiamente dicha, desde luego.
Confío, con este libro, ofrecer un minúsculo grano de arena que propenda por el buen humor y el buen genio de mis apreciados lectores.
Con gusto,
José Vicente Gómez Sandoval |